Comentarios a la Filocalía 3

 


 

1.     Hemos recibido de Dios la continencia, la paciencia, la temperancia, la constancia, la soportación, y otras virtudes similares a éstas, como excelentes y válidas fuerzas. Éstas, con su resistencia y su oposición, acuden a nuestra ayuda frente a dificultades de esta tierra. Si las ejercitamos y las mantenemos siempre prontas, nos ayudarán de tal modo que nada de lo que nos suceda nos parecerá áspero, doloroso o insoportable. Nos alcanzará con pensar que todo pertenece a la realidad humana, y es doblegado por las virtudes que están en nosotros. Por cierto, que esto no lo pensarán los insensatos: éstos no creen que todo evento es para bien, que sucede como debe suceder para ventaja nuestra, a fin de que las virtudes resplandezcan y que recibamos de Dios la corona (Antonio el Grande, Advertencias sobre la índole humana y la vida nueva).

El autor plantea que Dios proveyó las virtudes para el crecimiento en la vida espiritual, pero éstas deben ejercitarse para alcanzar su desarrollo y consolidación. No es suficiente, esperar el momento oportuno para ponerlas en práctica, sino que es un ejercicio cotidiano.

La jornada que se transita en la vida cotidiana, en la praxis monástica, es la escuela donde se pone por obra, el ejercicio de las virtudes, donde se entrena cada una de ellas, como los deportistas o el atleta, que se preparan para la competencia que ejercita a diario; en esta escuela el maestro o pedagogo, es Dios.

La vida cotidiana proporciona cantidad de oportunidades para el ejercicio en las virtudes, por ejemplo, en las adversidades, en las dificultades, en las debilidades.

Si bien, no todo evento es voluntad de Dios, por ejemplo: la guerra, la injusticia, la opresión, la explotación laboral, la explotación sexual, la discriminación; en fin, gran cantidad de los males que aquejan a la humanidad; éstos eventos podrían ser útiles para practicar las virtudes. Con esto, no digo que debemos resignarnos a esas atrocidades, muy por el contrario, la ética del Evangelio exige revelarse contra estos males.

Es necesario transformar las amenazas que se presentan en la vida cotidiana, en oportunidades para el crecimiento espiritual, para el desarrollo humano

 

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