Apuntes hesicastas - La práctica del ayuno (parte 5)
V
La práctica del ayuno en el hesicasmo
1. Evagrio Póntico (siglo IV)
Voy a comenzar este capítulo con un texto magistral de Evagrio Póntico sobre la gula. A Evagrio, ya lo ubicamos en el siglo IV y es quien sistematizó y expuso la base de la doctrina hesicasta. Tengamos en cuenta que lo que actualmente denominamos “gula” nuestro autor lo llamaba “gastrimargía” que, puede traducirse literalmente como "locura del vientre". El texto dice así:
Capítulo I
El origen del fruto es la flor y el origen de la vida activa es la templanza; quien domina el propio estómago hace disminuir las pasiones, al contrario, quien es subyugado por la comida incrementa los placeres.
Como Amalec es el origen de los pueblos, así la gula lo es de las pasiones. Como la leña es alimento del fuego así la comida es alimento del estómago. La mucha leña alienta una gran llama y la abundancia de comida nutre la concupiscencia. La llama se extingue cuando hay menos leña y la penuria en la comida apaga la concupiscencia.
Aquel que tiene dominio sobre la mandíbula desbarata a los extranjeros y disuelve fácilmente las ataduras de sus manos. De la mandíbula arrojada fuera brota una fuente de agua y la liberación de la gula genera la práctica de la contemplación.
El palo de la tienda, irrumpiendo, mató la mandíbula enemiga y la sabiduría de la templanza mata la pasión.
El deseo de comida engendra desobediencia y una deleitosa degustación arroja del paraíso. Sacian la garganta las comidas fastuosas y nutren el gusano de la intemperancia que nunca duerme.
Un vientre indigente prepara para una oración vigilante, al contrario un vientre bien lleno invita a un sueño largo.
Una mente sobria se alcanza con una dieta muy magra, mientras que una vida llena de delicadezas arroja la mente al abismo.
La oración del ayunante es como el pollito que vuela más alto que un águila mientras que la del glotón está envuelta en las tinieblas. La nube esconde los rayos del sol y la digestión pesada de los alimentos ofusca la mente.
En este primer capítulo es importante realizar algunas apreciaciones:
Evagrio Póntico utiliza el vocablo “praktiké” como un término técnico, que luego se traduce al castellano como “vida activa”. Esta vida activa es la disciplina espiritual al comienzo de la práctica hesicasta y su objetivo es alcanzar la purificación de las pasiones humanas.
También utiliza el vocablo “enkráteia”, otro término técnico dentro del hesicasmo que es mucho más abarcativo que el vocablo por el que se traduce, es decir “templanza”, entendida ésta como la virtud contraria al vicio de la gula. En realidad hace más referencia a dominio de sí, fuerza de voluntad, señorío de sí, poder de autocontrol.
Evagrio Póntico pone en tensión el control y el descontrol en las comidas. Los efectos del control son: disminución de las pasiones y de la concupiscencia, práctica de la contemplación, oración vigilante y mente sobria. En cambio, los efectos del descontrol son: el incremento de las pasiones y de la concupiscencia, la desobediencia, la somnolencia y el embotamiento de la mente.
Capítulo II
Un espejo sucio no refleja claramente la forma que se le pone al frente y el intelecto, obtuso por la saciedad, no acoge el conocimiento de Dios.
Una tierra sin cultivar genera espinas y de una mente corrompida por la gula germinan pensamientos malignos.
Como el fango no puede emanar fragancia tampoco en el goloso sentimos el suave perfume de la contemplación.
El ojo del goloso escruta con curiosidad los banquetes, mientras que la mirada del temperante observa las enseñanzas de los sabios.
El alma del goloso enumera los recuerdos de los mártires, mientras que la del temperante imita su ejemplo.
El soldado bellaco retiembla al son de la trompeta que preanuncia la batalla, igualmente tiembla el goloso a los llamados de la templanza.
El monje goloso, sometido a las exigencias de su vientre, exige su tributo cotidiano. El caminante que camina con ahínco alcanzará pronto la ciudad y el monje glotón no llegará a la casa de la paz interior.
El húmedo vapor del sahumerio perfuma el aire, como la oración del temperante deleita el olfato divino.
Si te abandonas al deseo de la comida ya nada te bastará para satisfacer tu placer: el deseo de la comida, en efecto, es como el fuego que siempre envuelve y siempre se inflama. Una medida suficiente llena el vaso, mientras un vientre desfondado jamás dirá ¡basta!". La extensión de las manos puso en fuga a Amalec y una vida activa elevada somete las pasiones carnales.
En este segundo capítulo, Evagrio continúa exponiendo las virtudes de la moderación en las comidas: lleva al conocimiento de Dios, auyenta los pensamientos malignos, afianza la contemplación, acoge con agrado las enseñanzas de los ancianos, favorece la oración, fortalece la vida activa, facilita el ingreso a la celda interior.
Traducimos acá la “celda interior” o como los padres hesicastas llaman también “el lugar del corazón” el vocablo griego que usa nuestro autor: “apatheia”, que equivaldría a esa plenitud, ese gozo, ese dominio de sí y de las pasiones que conduce al silenciamiento de los recuerdos y pensamientos, de los deseos y sentimientos, a la paz interior.
Capítulo III
Extermina todo lo que sea inspirado por los vicios y mortifica fuertemente tu carne. Que de cualquier manera, en efecto, sea matado el enemigo, éste no te producirá más miedo, así un cuerpo mortificado no perturbará al alma. Un cadáver no nota el dolor del fuego y menos aún el temperante siente el placer del deseo extinguido.
Si matas a un egipcio, escóndelo bajo la arena, y no engordes el cuerpo por una pasión vencida: así como en la tierra engordada germina lo que está escondido, así en el cuerpo gordo revive la pasión.
La llama que languidece se reenciende si se le agrega leña seca y el placer que se va atenuando revive con la saciedad de la comida; no compadezcas el cuerpo que se lamenta por la carestía y no lo halagues con comidas suntuosas: si en efecto lo refuerzas se te volverá en contra llevándote a una guerra sin tregua, hasta que esclavice tu alma y te haga siervo de la lujuria.
El cuerpo indigente es como una caballo dócil que jamás desensillará al caballero: éste, en efecto, dominado por el freno, se somete y obedece a la mano de quien sujeta las riendas, mientras el cuerpo, domado por el hambre y las vigilias, no reacciona por un pensamiento malo que lo cabalga, ni relincha excitado por el ímpetu de las pasiones (Evagrio Póntico: del tratado sobre los ocho vicios malvados, la gula).
Cuando Evagrio Póntico habla del “egipcio” hace una referencia directa a lo que denominamos actualmente como “demonio”, pero con una característica especial, los Padres del desierto daban este calificativo a un tipo de demonio especial que se caracterizaba por la ferocidad en la tentación.
En este tercer capítulo, Evagrio asocia la sobriedad en el comer al combate espiritual; es parte integrante de un conjunto de prácticas ascéticas orientadas a vencer las pasiones y alcanzar la superación, donde aparecen sin nombrarse pero aportando los ejemplos: la atención, la vigilancia, la abstinencia, el ayuno, las vigilias.
2. Juan Casiano (siglo IV – V)
Continúo con otra joya de la literatura hesicasta, extraída de la Filocalía, pertenece a Casiano el Romano o Juan Casiano como lo presentamos en capítulo anterios:
Como primera cosa, hablaremos de la continencia del vientre, que se opone a la gula. Diremos pues, cómo hacer los ayunos y cuál deberá ser la calidad y la cantidad de los alimentos. No hablaremos de nosotros mismos, sino que mencionaremos lo que hemos recibido de nuestros santos Padres. Ellos no tenían una única regla para el ayuno ni una única manera de comer los alimentos; ni siquiera nos han transmitido la indicación de una medida, ya que no todos tienen la misma fuerza, ya sea por edad, por enfermedad, o por una constitución física particularmente delicada. Hay, sin embargo, un único objetivo: huir de la saciedad y evitar llenar nuestro estómago.
En este párrafo, Casiano opone la “continencia del vientre” a la gula. Cuando se refiere a la continencia, hace referencia sin duda alguna a la moderación en el comer, ya que, los Padres utilizaban el vocablo “continencia” para referirse a la moderación de las pasiones o sentimientos.
Es un párrafo sumamente rico ya que recoge las enseñanzas de los Padres sobre la práctica del ayuno, exponiendo la diversidad existente entre ellos de acuerdo a su situación personal; sin embargo nos transmite la consigna que debe regir toda regla de ayuno: “huir de la saciedad y evitar llenar nuestro estómago”.
Un cierto ayuno diario ha sido considerado más ventajoso y más adecuado para conducirnos a la pureza, que un ayuno que se arrastra por tres, cuatro días o aun una semana. Se dice que el ayuno que se prolonga sin medida es seguido por un período de exceso en las comidas. De tal modo, es posible que la abstinencia exagerada de alimentos haga que el organismo pierda su vigor, tornándolo perezoso en su servicio espiritual, o que el cuerpo, sintiéndose pesado por el exceso de comida, produzca en el alma pereza y relajamiento.
En este párrafo recomienda la forma de ayunar, es decir, una comida diaria realizada con moderación sería más útil que guardar uno o más días de ayuno ya que luego se pueden producir excesos en las comidas y, ni el exceso de abstinencia ni el exceso de comer conducen a un equilibrio del cuerpo y del alma. Lo importante es no perder las fuerzas del cuerpo por la abstinencia ni cargar con la pesadez del cuerpo por el exceso de comida, ambas cosas resienten las prácticas espirituales: la oración, la meditación, la lectio divina.
Por otra parte, una comida diaria realizada con moderación ejercita el autocontrol, el autodominio; nos permite recobrar las fuerzas necesarias del cuerpo para que podamos realizar las prácticas espirituales cómodamente y también nos permite hacer uso de nuestra libertad y poder decir: “basta”, “como hasta aquí”, “no más” sin llegar a la saciedad.
Los Padres no consideraron apto para todos el ingerir verduras o legumbres, ni que todos pudieran hacer uso, como alimento cotidiano, del pan duro. Se ha visto cómo uno que come dos libras de pan sigue teniendo hambre, mientras que otro, comiendo solamente una, o aun seis onzas, se siente satisfecho. Tal como se ha dicho anteriormente, lo que nos han transmitido como regla para observar la continencia es solamente esto: que no nos dejemos engañar por la saciedad del estómago, ni nos dejemos arrastrar por el placer de la gula. En efecto, no solamente la variada calidad de los alimentos, sino también las distintas cantidades de los mismos, pueden encender en nosotros las flechas inflamadas de la fornicación. Más aún: no es solamente la ebriedad del vino la que embriaga nuestra mente, sino que incluso la saciedad del agua o el exceso de cualquier comida la tornan aturdida y somnolienta. El motivo que produjo la destrucción de los sodomitas, no fue la ebriedad producida por el vino o por los variados alimentos, sino por la saciedad del pan, tal como dice el profeta.
Vuelve sobre el tema de la diversidad en las prácticas alimenticias y en la regla del ayuno; igualmente retoma el tema de la cantidad en las comidas, al parecer había monjes que comiendo las dos libras de pan que equivale a poco más de 900 gramos quedaban con hambre mientras otros, comiendo seis onza, que equivale a poco más de 160 gramos quedaban satisfechos.
Cada persona tiene que conocer su capacidad, sus límites y saber respetarlos. Entonces para unas personas la norma del ayuno será comer solo verduras y frutas, tal vez cocidas o crudas; para otras solo pan; el problema no es lo que se come sino cuánto se come; la saciedad es lo que se debe evitar por todos los medios, para ello es necesario el ejercicio del autocontrol.
La mención que hace al profeta, hacia el final del párrafo, se refiere a un texto del profeta Ezequiel que dice así:
“He aquí, esta fue la iniquidad de tu hermana Sodoma: arrogancia, abundancia de pan y completa ociosidad tuvieron ella y sus hijas, pero no ayudaron al pobre y al necesitado” (Ez. 16:49).
Continúa Casiano el Romano:
[…] Debemos utilizar alimentos tanto cuanto es necesario para mantenernos con vida, no lo que nos induce a servir a los impulsos de la concupiscencia. Una toma moderada de alimentos, según nuestro razonamiento, contribuye a la salud del cuerpo y no quita nada a la santidad. La regla de continencia y la norma exacta que nos transmitieron los Padres, es la siguiente: el que tome un alimento cualquiera, deberá detenerse cuando aún tiene apetito, sin esperar la saciedad. Cuando el Apóstol nos dice que no debemos preocuparnos de la carne para satisfacer nuestra concupiscencia, no trata de prohibirnos lo necesario para mantenernos con vida, sino que intenta prohibir un tratamiento que nos induzca a la voluptuosidad.
Recuerdo que mi madre solía decir: “hay que comer para vivir y no vivir para comer”; esta afirmación da sentido a lo que expone Casiano: “debemos utilizar alimentos tanto cuanto es necesario para mantenernos con vida”. La excesiva abstinencia pone en riesgo nuestra salud. Es necesario mantener una alimentación balanceada y eso implica para muchos de nosotros que hemos optado por una alimentación vegetariana, incorporar la proteína animal en la leche y sus derivados, los huevos y la miel. Recordemos que este cuerpo, nos enseña el Apóstol es templo del Espíritu Santo (cf. 1 Cor. 6:19) y como tal debe de ser tratado.
En determinadas épocas y en determinados sectores del cristianismo se ha despreciado al cuerpo, se lo ha maltratado y castigado y eso es un error. El cuerpo no es malo, nos dice el libro del Génesis que luego que Dios creó a la humanidad vio que era muy bueno (cf. Gn. 1:27-31). El problema no está en el cuerpo sino en el uso que hacemos de nuestra libertad.
Nuevamente hace referencia a la regla de oro en la alimentación diaria:
“Una toma moderada de alimentos, según nuestro razonamiento, contribuye a la salud del cuerpo y no quita nada a la santidad. La regla de continencia y la norma exacta que nos transmitieron los Padres, es la siguiente: el que tome un alimento cualquiera, deberá detenerse cuando aún tiene apetito, sin esperar la saciedad”
Hacia el final del párrafo hace una mención al apóstol Pablo, en el texto que dice así:
“Andemos decentemente, como de día, no en orgías y borracheras, no en promiscuidad sexual y lujurias, no en pleitos y envidias; antes bien, vestíos del Señor Jesucristo, y no penséis en proveer para las lujurias de la carne” (1 Cor. 13:13-14).
Continúa Juan Casiano:
[…] En cuanto a esa particular pureza del alma, fruto de la templanza, la misma se obtiene con la continencia y el ayuno. Porque es imposible luchar en nuestra mente con el espíritu de la fornicación, teniendo el estómago lleno. Por lo tanto, nuestra primera lucha será por lograr la continencia del estómago y el doblegamiento de nuestro cuerpo, no solamente mediante nuestro ayuno, sino también velando con la fatiga, la lectura y con el recogimiento de nuestro corazón, temerosos de la gehena y deseosos de acceder al Reino de los Cielos (Casiano el Romano: la Filocalía. Carta al Obispo Castor, Los ocho pensamientos viciosos, La continencia del estómago, Tomo I, pp 129 – 131).
Este párrafo nos remite a uno de los temas importantísimos en la práctica monástica y ascética, que hemos solo mencionado al comienzo del capítulo anterior, pero que aquí nos detendremos un poco más.
Cuando Casiano se refiere a “la pureza del alma” sin lugar a dudas está haciendo referencia a la abstinencia de prácticas sexuales, no porque estas sean malas en sí, sino porque quienes elegimos la vida monástica renunciamos a la construcción de una familia y al ejercicio de una vida sexual activa:
“El monje debe su nombre, en primer lugar, al hecho de estar solo (monos) puesto que se abstiene de mujer y se aparta, interior y exteriormente del mundo […]” (Seudo Macario, la Filocalía, extracto pp 55).
Casiano atribuye esta pureza del alma a la moderación y al ayuno, la moderación en el comer y en el beber es fundamental para el autocontrol. No obstante, a esta práctica de la abstinencia y el ayuno, Casiano agrega la vigilia, el trabajo (haciendo relación a la fatiga), la lectio divina y la lectura espiritual y el recogimiento. Es decir, que, el conjunto de estas prácticas espirituales tienen como consecuencia el domino de los deseos sexuales.
3. Serafín de Sarov (siglos XVIII – XIX)
Otro grande del hesciasmo, San Serafín de Sarov, monje ortodoxo que podemos ubicarlo en Rusia, entre los años 1754 al 1833, consejero y maestro espiritual en el monasterio (stárets), guía espiritual cuya sabiduría se origina, tanto por su experiencia en la práctica de la ascesis, como por su intuición fruto de la oración, de la paz interior y de una fe incondicional. Fue monje cenobita y eremita, él afirma:
“El ayuno, la oración, la limosna y cualquier otra buena acción cristiana es buena en sí misma, pero el propósito de la vida cristiana consiste no solo en el cumplimiento de una u otra de ellas. El verdadero propósito de nuestra vida cristiana es la adquisición del Espíritu Santo de Dios”
En este párrafo se mencionan los pilares de la vida cristiana y hesicasta: ayuno, oración y solidaridad, pero siempre como herramientas, instrumentos para adquirir la presencia del Espíritu Santo en el corazón humano.
“Todos los días uno debe participar de la comida suficiente para permitir que el cuerpo, al estar fortalecido, sea amigo y ayudante del alma en la realización de las virtudes. De lo contrario, con el cuerpo exhausto, el alma también puede debilitarse"
Si bien esta enseñanza pareciera ser contraria a la práctica del ayuno y la abstinencia, en realidad nos habla de la moderación, de la sobriedad, insiste en la comida suficiente, es decir, aquello que es necesario para desarrollar la jornada sin resentir la oración, la lectura, el trabajo, etc.
De esta forma, nuevamente llegamos a la medida de la moderación, no excederse en el ayuno pero tampoco en el comer, ambos perjudican el desarrollo de la vida espiritual
Es importante resaltar como los monjes orientales ponen énfasis en el cuidado del cuerpo, el cuidado de la salud, la moderación en el comer y el beber, ciertamente contrario al desprecio por el cuerpo en el cristianismo de occidente, haciendo uso de instrumentos de mortificación como el flagelo, el cilicio y otros instrumentos de penitencia.
“El cuerpo del que ayuna se hace diafano y liviano, la vida interior se perfecciona y se manifiesta por visiones maravillosas, las sensaciones exteriores se anulan y la inteligencia, abandonando la tierra, se eleva hacia el cielo y toda entera se sumerge en la contemplación del mundo espiritual"
En este párrafo reafirma la regla del ayuno como herramienta de la vida espiritual. Por el ayuno se libera al cuerpo de la somnolencia y de la pesadez de la digestión, fundamentalmente cuando comemos en exceso; se agudiza la capacidad intelectual, el discernimiento; facilita la oración y la contemplación.
4. Teófano el Recluso (siglo XIX)
Monje ruso, consagrado obispo renunció al episcopado y llevó vida eremítica hasta su muerte, lo ubicamos entre los años 1815 al 1894, traductor de la Filocalía del griego al ruso y creador de varios textos que se incorporaron, afirma:
“El ayuno parece lúgubre hasta que uno entra en su campo. Pero comienza y verás qué luz trae después de las tinieblas, qué liberación de ataduras, qué liberación después de una vida pesada”
Ayunar no es fácil cuando uno es principiante. Comer moderadamente es más fácil y llevadero. El estómago cruje, las glándulas salivales producen saliva en exceso, experimentamos un vacío en medio del abdomen, tenemos la sensación de que desfallecemos de hambre y apenas llevamos seis horas sin ingerir alimentos. Todas esas sensaciones son señales de nuestra mente no de nuestro cuerpo. No estamos muriendo de inanición. Es necesario poder controlar la situación, para ello, por ejemplo, ingerir un vaso de alguna infusión. Poco a poco y con el correr del tiempo y de la práctica nos vamos acostumbrando y vamos descubriendo sus ventajas.
Nuestro cuerpo está más liviano, nuestra mente más ágil, nos concentramos mejor en la oración, descansamos sin dificultad; como afirma Teófano el Recluso es una liberación para el cuerpo y también para el espíritu.
5. Tadeo de Serbia (siglo XX).
Otro grande del hesicasmo contemporáneo, el venerable anciano Tadeo de Serbia, que vivió entre los años 1914 al 2003, afirmaba:
“El ayuno es necesario para sosegar el cuerpo porque cuando se sosiega el cuerpo se calma el alma”
Enseña que el ayuno serena, sosiega, tranquila el cuerpo, y como los seres humanos somos una unidad: cuerpo – espíritu, el uno influye sobre el otro, el cuerpo sereno produce un espíritu sereno.
En esta afirmación recoge todas las enseñanzas de los Padres en cuanto que lo que damos o hacemos con el cuerpo, repercute en nuestra vida espiritual y es que no somos solo materia ni solo espíritu, los seres humanos somos esa realidad donde el cuerpo y el espíritu coexisten.
“El ayuno es la preparación para el corazón humilde”
Enseña que el ayuno produce una vida humilde. Ciertamente, la moderación y la simplicidad en las comidas, la privación de ciertos alimentos, la disciplina en el cumplimiento de la cantidad de las comidas, la rutina de un horario en las ingestas, el sometimiento a un padre espiritual para la realización de este itinerario; todo esto, contribuye a desarrollar la humildad.
6. Algunas conclusiones
Los Padres hesicastas se posesionan en la misma línea de los Padres monásticos y de los Padres de la Iglesia:
- La abstinencia y el ayuno deben practicarse con moderación pues el cuerpo debe de ser cuidado y se deben recobrar diariamente las fuerzas para llevar a cabo la tarea espiritual.
- La moderación en la comida y la bebida, el control en la cantidad de alimentos ingeridos es fundamental en el desarrollo de la vida espiritual y contribuye al combate espiritual contra los vicios y las pasiones. El discernimiento y la concentración.
- La práctica del ayuno y la abstinencia es diversa, pues depende del contexto en que se encuentre cada monje o monja; la única regla válida y unánime es no comer y beber hasta la saciedad.
- Los excesos tanto en las comidas como en los ayunos no son positivos y hay que cuidarse de ellos.
- La regla del ayuno siempre está asociada a la oración y a la limosna.
VI
Consideraciones Generales
A lo largo de los distintos capítulos hemos ido presentando las distintas visiones respecto del ayuno: los fundamentos bíblicos, los fundamentos patrísticos, los fundamentos monásticos y los fundamentos hesicastas.
Ya en las primeras páginas de estos “Apuntes”, en la Presentación, planteaba que “el ayuno es uno de los tres pilares sobre los que se sostiene la ascesis hesicasta: oración, vigilias y ayuno. Y por tal motivo es fundamental contar con elementos teóricos y prácticos para cumplir con esta práctica”. Espero, ahora al final de estos “Apuntes” haber aportado dichos elementos a los efectos de fundamentar y consolidar nuestra práctica.
A continuación, en la Introducción, planteaba que el ayuno no surge con la fe cristiana, sino que es una “práctica milenaria de la humanidad” expresada en las distintas culturas y en las diferentes comunidades de fe: judaísmo, cristianismo. Islamismo, budismo. Hinduismo; incluso en culturas y religiones milenarias, anteriores a éstas que hemos enunciado en estos “Apuntes”.
También planteamos en la Introducción que, dentro del cristianismo existen diversas visiones y prácticas en relación a la regla del ayuno, con importantes diferencias entre una y otra denominación.
Seguidamente, en el capítulo sobre los fundamentos bíblicos del ayuno, presentamos los tres tipos que nos relata la Biblia: prolongado, parcial y absoluto y para ello recorrimos las prácticas del ayuno en el antiguo Israel, en Jesús y en sus discípulos, a través de numerosos textos bíblicos donde queda expresado el vínculo entre oración – ayuno – limosna.
Luego, en el capítulo sobre los fundamentos patrísticos, recorrimos las enseñanzas de los Padres Apostólicos y de los Padres de la Iglesia, tanto de oriente como de occidente donde encontramos las siguientes enseñanzas: se establece el ayuno como un signo de identidad y pertenencia; como práctica ascética orientada al control y dominio de sí mismo; es practicado voluntariamente, con: alegría, moderación, equilibrio, sobriedad, ingiriendo lo necesario para vivir; tiene un efecto purificador, sanador y liberador en quien lo practica, contribuyendo a la agudeza en el discernimiento y al dominio de sus impulsos; siempre está asociado a la oración y a la solidaridad, este último, como elemento fundamental e inseparable para no desvirtuar la práctica del ayuno.
Expuesto esto, nos introdujimos en las enseñanzas de los Padres del monacato, tanto eremítico como cenobítico y tanto de oriente como de occidente; autores contemporáneos a los Padres de la Iglesia y algunos de ellos compartiendo las dos categorías, como es el caso de Basilio de Cesarea o a Agustín de Hipona, por nombrar a alguno de ellos, a manera de ejemplo. Este capítulo nos presenta la diversidad de la práctica del ayuno entre las monjas y monjes, sin embargo la moderación y la sobriedad en la comida y la bebida es la enseñanza común, pero con algunos matices: el monacato oriental se identifica más con la austeridad y la rigurosidad en la práctica de la abstinencia y el ayuno en la comida y la bebida, que siempre debe ir acompañada de la caridad y de la humildad, mientras que el monacato occidental es más flexible en esta práctica y pone el énfasis en evitar por todos los medios la murmuración entre los monjes ante las prácticas de ascetismo. En lo que acuerdan, ambos monacatos, oriental y occidental, es en la figura relevante del padre espiritual, tanto para eremitas como para cenobitas a la hora de practicar la abstinencia y el ayuno.
Si bien no hemos presentado menciones expresas a la solidaridad, como lo hicimos en los capítulos anteriores, tengamos en cuenta que en la práctica monástica era fundamental, tanto para eremitas como cenobitas, tanto de oriente como de occidente y no era nada ajena a la vida cotidiana de los eremitorios y monasterios; baste mencionar algunos apotegmas donde se nos narra que había anacoretas que trabajaban jornadas extensas en las cosechas para su auto sustento y para ayudar a las personas necesitadas; otros compartían lo poco que tenían con las personas pobres que llegaban a sus celdas o con hermanos monjes necesitados, incluso bajaban de la montaña a la aldea para realizar sus obras de caridad; igualmente, las reglas monásticas de los cenobios, tanto de oriente como de occidente señalan claramente la solidaridad que debe practicarse dentro del monasterio, entre los miembros de la comunidad, pero fundamentalmente con las personas pobres y necesitadas que llegan a solicitar ayuda.
Finalmente, en el último capítulo, expusimos las enseñanzas de los Padres hesicastas sobre la práctica del ayuno, citando a aquellos que estuvieron en los comienzos como Evagrio Póntico y Casiano el Romano y otros, modernos o contemporáneos como Serafín de Sarov, Teófano el Recluso o el Venerable anciano Tadeo de Serbia; coincidentes, todos ellos, en la doctrina expuesta anteriormente: moderación en el comer y el beber, evitar los excesos tanto en el ayuno como en la comida, respetar la diversidad de las prácticas puesto que lo verdaderamente importante es no comer hasta la saciedad pero hacerlo para recobrar las fuerzas para el desarrollo de la tarea espiritual, y siempre debe de estar asociado a la oración y la limosna.
Una de las cosas importantes que nos queda como enseñanza es la diversidad y la creatividad. Existen formas de ayuno substituto o alternativo para quienes no pueden, por razones de salud, de edad o de contexto personal practicar el ayuno de alimentos y bebidas absteniéndose de otras cosas, por ejemplo: los medios de comunicación masivos, las redes sociales, el uso de la internet, el consumo de bienes y servicios, conversaciones, etc. En este punto, es fundamental contar con la orientación del padres espiritual.
Confiamos que, con la protección de la Santa Madre de Dios, este material aporte a la práctica del ayuno de las personas que se inician en la vida eremítica y por el camino del hesicasmo.

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