Apuntes hesicastas - La práctica del ayuno (parte 4)
Continuación
IV
Fundamentos monásticos de la práctica del ayuno
Tomaremos, en este capítulo, la práctica de la iglesia indivisa, es decir, hasta el cisma entre oriente y occidente en el año 1054, por lo tanto, no incurriremos en las prácticas concretas, del ayuno monástico de las iglesias ortodoxas, católicas, luteranas y anglicanas – episcopales.
1. Los Padres del desierto.
Aquí encontramos básicamente dos fuentes muy importantes: los apotegmas o dichos de los Padres y Madres del desierto y las Colaciones e Instituciones de Juan Casiano.
El ayuno y el celibato han sido las costumbres ascéticas más generalizadas en el movimiento monástico primitivo. Los padres monásticos no hacen grandes innovaciones, más bien adoptan la práctica del resto de los cristianos fundamentando su práctica en las Sagradas Escrituras, especialmente, siguiendo el ejemplo del Señor Jesús.
1.1. Enseñanzas de los padres a través de los Apotegmas:
a) Sobre la austeridad en las comidas y el amor o solidaridad como ejercicio de la caridad:
“El abad Evagrio refiere este dicho de los padres: Una comida habitualmente escasa y mal condimentada, unida a la caridad, lleva muy rápidamente al monje al puerto de la apatheia” (abba Evagrio).
b) Sobre la sobriedad en el consumo de los alimentos:
“El abad Daniel decía: El abad Arsenio ha vivido muchos años con nosotros y cada año le suministrábamos una escasa ración de alimentos. Y sin embrago, siempre que íbamos a verle comíamos de ello” (abba Daniel).
“Y contó también: cuando el abad Arsenio sabía que los frutos de cada especie estaban ya maduros decía: Traédmelos. Y probando una sola vez un poco de cada uno, dando gracias a Dios” (abba Daniel).
“Decía también: -No te dejes seducir por los placeres de los ricos de este mundo, como si estos goces encerraran alguna utilidad. Por ellos dan culto al arte culinario. Pero tú, estima en más las delicias del ayuno y de una comida vulgar. Ni siquiera te sacies de pan, ni desees el vino-“ (amma Sinclética).
“Un padre decía: -Conozco un hermano que ayunaba en su celda toda la semana de Pascua. Y cuando la tarde del sábado venía para la sinaxis, se escapaba en seguida de la comunión, para que los hermanos no le obligaran a comer con ellos. El sólo comía unas pocas hierbas cocidas con sal y sin pan-“ (anónimo).
Decían del abad Pedro Pionita, que vivía en las Celdas, que no bebía vino. Cuando se hizo viejo, le rogaban que tomase un poco. Como no aceptaba, se lo mezclaron con agua y se lo presentaron. Y dijo: «Creedme, hijos, que lo considero un lujo». Y se condenaba a sí mismo por tomar ese agua teñida de vino (anónimo).
c) Sobre el peligro de la gula:
“El abad Pastor dijo: Si Nabuzardán, el jefe de cocina, no hubiese venido, no se hubiese incendiado el templo del Señor (cf. 2 Re 25,8). Del mismo modo, si la gula y la hartura en el comer no penetran en el alma, nunca sucumbirá el espíritu en su lucha contra el enemigo” (abba Pastor).
“Cuanto más engorda el cuerpo, tanto más enflaquece el alma, y cuanto más enflaquece el cuerpo, tanto más engorda el alma” (Abba Daniel).
d) Sobre la justa medida y el autocontrol:
“Se celebraron un día misas en el monte del abad Antonio, y se halló allí un poco de vino. Uno de los ancianos llenó una copita y se la llevó al abad Sisoés y éste se la bebió. Recibió una segunda copa y la bebió también. Pero cuando le trajeron la tercera, la rechazó diciendo: Alto, hermano, ¿acaso ignoras que existe Satanás?” (abba Sisoes).
“El abad Benjamín, presbítero en las Celdas, fue un día a un anciano de Scitia y quiso darle un poco de aceite. Este le dijo: «Mira dónde está el vasito que me trajiste hace tres años: donde lo pusiste allí sigue». Al oír esto, nos admiramos de la virtud del anciano” (abba Benjamín).
“Se contaba de un anciano que un día tuvo deseos de comer un pepino. Lo tomó y se lo puso delante de sus ojos. Y aunque no sucumbió a su deseo, para dominarse hizo penitencia por haberlo deseado con exceso” (anónimo).
“Un hermano tuvo hambre desde por la mañana. Luchó consigo mismo, para no comer hasta la hora de tercia. A la hora de tercia se violentó para esperar hasta sexta. Preparó su pan y se sentó para comer. Pero enseguida se levantó diciendo: «Esperaré hasta la hora de nona». A la hora de nona hizo su oración y vio la tentación del Diablo salir de sí como una humareda. Y dejó de sentir hambre” (anónimo).
e) Sobre el ayuno y la caridad con los hermanos:
“El abad Silvano y su discípulo Zacarías llegaron un día a un monasterio y, antes de despedirse, les hicieron tomar un poco de alimento. Y en el camino, encontraron agua y el discípulo quiso beber, pero el abad Silvano le dijo: Zacarías, hoy es ayuno. Padre, respondió Zacarías, ¿no hemos comido hoy?, y el anciano le contestó: Aquella comida la hicimos por caridad, pero ahora, hijo, guardaremos nuestro ayuno (abba Silvano).
“Decían del abad Macario que cuando descansaba con los hermanos se había fijado esta norma: si había vino, bebía en atención a los hermanos, pero luego por cada vaso de vino pasaba un día sin probar agua. Y los hermanos, pensando que le daban gusto, le ofrecían vino. Y el anciano lo tomaba con alegría para mortificarse después. Pero uno de sus discípulos que conocía su norma, dijo a los hermanos: «Por amor de Dios, no le deis vino, que luego se atormenta en su celda». Cuando los hermanos lo supieron, nunca más le dieron vino” (anónimo).
f) Sobre la práctica del ayuno asociada a la oración y a las vigilias; los tres ejercicios son las columnas sobre las que se sostiene la práctica hesicasta:
“Dijo el abad Teodoro: - La falta de pan extenúa el cuerpo del monje -. Pero otro anciano decía: - Las vigilias lo extenúan más –“ (abba Teodoro).
“Dijo también: - Así como las medicinas amargas alejan a los animales venenosos, el ayuno, con oración, arroja del alma los malos pensamientos – (amma Sinclética).
“Un anciano dijo: Que el temor, la privación de alimentos y el penthos moren en ti” (anónimo).
g) Sobre el ayuno y la murmuración
“Un día unos monjes bajaban de Egipto a Scitia para visitar a los ancianos. Y se escandalizaron cuando les vieron comer con impaciencia, pues estaban muertos de hambre por un ayuno excesivo. Uno de los presbíteros se dio cuenta y quiso curarles antes de que marcharan. Y en la iglesia se puso a predicar al pueblo: «Ayunad y prolongad vuestro ayuno, hermanos». Los hermanos que habían venido de Egipto se querían marchar, pero él les retuvo. Apenas comenzaron su ayuno, la cabeza empezó a darles vueltas, pues les hizo ayunar dos días seguidos. Los hermanos de Scitia ayunaron toda la semana. Al llegar el sábado, los egipcios se pusieron a comer con los ancianos de Scitia. Y como los egipcios se abalanzasen sobre la comida, uno de los ancianos les cogió las manos y les dijo: «Comed con mesura, como monjes». Pero uno de los egipcios apartó su mano diciendo: «Déjame que me muero. No he comido nada cocido en toda la semana». Y le dijo el anciano: «Si vosotros comiendo cada dos días habéis desfallecido hasta este punto, ¿por qué os habéis escandalizado de los hermanos que ayunan toda una semana al verlos romper su ayuno?». Los monjes de Egipto hicieron una metanía ante los ancianos y se fueron alegres y edificados de su abstinencia” (anónimo).
“Decía también: -Es mejor comer carne y beber vino que comer la carne de los hermanos murmurando de ellos- (abba Hiperiquio).
Los padres del desierto, salvo rara excepción, eran personas sencillas, sus enseñanzas corresponden a lo que se denomina “monacato indocto” pero no por eso, sus dichos o enseñanzas carecen de contenido, muy por el contrario, ellos pusieron los cimientos de la doctrina y práctica monástica que luego, el “monacato docto” desarrolló.
En estos apotegmas sobre el ayuno encontramos profundas enseñanzas de estos monjes que poblaron los desiertos de Egipto, Palestina y Siria en los siglos IV y V:
- Evagrio Póntico asocia ayuno, sobriedad en las comidas, austeridad en su preparación pero fundamentalmente caridad, es decir, solidaridad, una enseñanza que ya vimos, tiene su fundamento en las Sagradas Escrituras y en los Padres de la Iglesia.
- El abad Silvano y otros padres también nos enseñan a priorizar la caridad al ayuno; nunca la caridad puede estar subordinada a la regla de ayuno, muy por el contrario.
- La abadesa Sinclética, el abad Daniel y otros padres nos enseñan a ser sobrios, sencillos, austeros en el consumo de la comida y la bebida. Esto no significa privarnos de los alimentos sino hacer un uso racional, responsable, necesario, controlado de ellos. Tengo que saber poner el límite en el consumo; y esta enseñanza vale para otras cosas, por ejemplo, el uso de las redes sociales, de los medios de comunicación masivos, de las conversaciones, etc.
- El abad Pastor y el abad Daniel nos enseñan sobre el cuidado que debemos tener en los excesos de aquellas cosas que nos producen placer, la comida entre otros; y el abad Sisoes, el abad Benjamín y otros padres nos enseñan sobre la justa medida, el autocontrol, la necesidad de ejercitarnos en el consumo justo, al igual que en la privación como un medio de ejercitarse en el autodominio.
- El abad Teodoro, la abadesa Sinclética y otros padres nos enseñan que el ayuno es una de las varias herramientas o instrumentos de la práctica hesicasta, asociado a la oración, a las vigilias y a la compunción; ellos llaman el “penthos” que es un sentimiento de arrepentimiento, de dolor, por los pecados personales o por los de las demás personas.
- El abad Hiperiquio y otros padres nos enseñan a cuidarnos de la murmuración, de nada vale el ayuno si no practicamos la caridad fraterna. Los prejuicios muchas veces hacen que nuestras prácticas de piedad se vean desvirtuadas.
1.2. Las Instituciones y Colaciones de Juan Casiano (siglo IV)
Asceta y presbítero, se lo ubica entre los años 360 – 435; escribió sobre el ayuno en una de sus obras fundamentales:
“Decía que el monje debería darse al ayuno como si tuviera que vivir cien años. Que debería frenar las pasiones de su alma, olvidar las injurias, ahuyentar la tristeza y menospreciar el dolor y la desazón, como si tuviera que morir cada día” (Casiano, Instituciones, V: 41).
Juan Casiano nos presenta en la conferencia del abad Moisés una riqueza incomparable de las enseñanzas de los padres sobre el ayuno; este es el diálogo entre el monje Germán y el venerable anciano Moisés:
“XVIII. GERMÁN. ¿Cuál es, pues, el justo medio en punto a abstinencia? ¿Qué proporción debemos guardar para mantenernos a igual distancia de ambos extremos, evitando así el peligro que nos amenaza ante esos dos escollos?”
Aquí el monje Germán pregunta al venerable anciano Moisés sobre el punto medio entre la glotonería o los excesos de austeridad en los ayunos.
“XIX. MOISÉS. Sé que este punto fue con frecuencia objeto de discusión entre nuestros mayores. Después de haber considerado la práctica de algunos solitarios, que se sustentaban sólo con legumbres, hortalizas o fruta, prefirieron sustituir esto por el uso del pan a solas. En consecuencia, determinaron que la medida prudencial que podía guardarse era la de dos panecillos, que juntos pesaban una libra, aproximadamente” […].
Recordemos que una libra de pan equivale a 453,6 gramos (un gramo de pan equivale a 0,022 libras), es decir, poco menos de medio kilo por día.
“XXI. MOISÉS. Si queréis probar el rigor de esta costumbre, observadla constantemente. No añadáis los domingos y los sábados ningún manjar cocido, ni siquiera con ocasión de la visita de un huésped. Porque si el monje se permite estas mitigaciones, no sólo podrá contentarse con menos de los dos panecillos, sino que le será fácil diferir la refección sin la menor fatiga, por tener más que suficiente con los aditamentos que se han tomado. En cambio, no podrá hacer tal cosa ni dejar de permanecer dos días sin comer esa cantidad de pan, si se atiene a la ración indicada. Recuerdo que a nuestros antepasados y lo propio nos ha sucedido a nosotros, más de una vez, les era tan difícil observar esta prescripción y no exceder aquella medida frugal, que tenían que hacerse gran violencia para ello, no levantándose de la mesa sino con disgusto, y sintiendo amargura y pesar”.
Al parecer, los monjes llevaban una dieta vegetariana: legumbres, hortalizas y frutas que decidieron cambiar por la ingesta de poco menos de medio kilo de pan al día.
Ciertamente, bastante rigurosa.
El abad Moisés sugiere que, aquellas personas que quieran seguir el ejemplo de los padres, guarden esta práctica sin alterarla, es decir, sin agregar otros alimentos los domingos, ni tampoco cuando llegan los huéspedes. Nos sugiere sencillez y rutina en las ingestas.
XXII. [Continúa el venerable anciano Moisés] “En línea general, el criterio que hay que seguir respecto a la abstinencia consiste en concederse, según las fuerzas, la edad y complexión física de cada cual, el alimento necesario para sustentar el cuerpo, no lo que desea el apetito para llegar hasta la saciedad. Porque igual perjuicio y no pequeño encontrará en uno y otro exceso el monje que, viviendo con arreglo a un régimen caprichoso y desigual, unas veces ayuna con extremo rigor y otra abusa de los manjares. El espíritu, abatido por falta de sustento, pierde su vigor y se mantiene con languidez en la oración, pues la excesiva fatiga condena al cuerpo a la somnolencia. Por otra parte, la hartura de los manjares le agrava y le hace imposible elevarse a Dios esponjándose en puras y tiernas plegarias. Tampoco podrá guardarse intacta la pureza y la castidad, ya que precisamente en los días en que la carne parecerá más extenuada por el ayuno, la intemperancia de la víspera dará materia a la tentación; atizando el fuego de la concupiscencia”.
El venerable anciano Moisés parece establecer algunos criterios muy prácticos y humanos en materia de abstinencia:
- En primer lugar tener en cuenta la fuerza, la edad y la complexión física de cada uno; no todos necesitamos lo mismo; la universalidad vale para la práctica del ayuno no para la cantidad; con el mismo criterio, pareciera que la norma de igualdad para todos los monjes en la ración de comida no sería adecuada y recomendaría la equidad; es decir, a cada cual lo que necesita.
- Un segundo criterio, pero muy asociado al primero, es proporcionar al cuerpo lo que necesita y no lo que el deseo o el apetito exigen. En este punto, todos los padres coinciden: no llegar a la saciedad.
- Un tercer criterio es la sobriedad y la rutina; ni excederse en los ayunos ni caer en la glotonería; ambos extremos son perjudiciales para la práctica monástica y cita dos ejemplos: los efectos del ayuno excesivo y de la glotonería, tanto en la oración como en el deseo sexual.
XXIII. [Continúa el venerable anciano Moisés] “Lo que se ha acumulado una vez en el organismo por la abundancia de alimentos se despide necesariamente a su tiempo. Es la misma ley de la naturaleza quien lo exige […] Nuestros Padres lo sabían. Por eso aprobaron por decisión unánime este régimen de vida, adoptando la medida y uniformidad de que hablamos. Una comida al día consistente en sólo pan, no sacia el hambre del todo. Al propio tiempo el apetito sazona la refección. Por este media. el alma y el cuerpo, permaneciendo constantemente en la misma disposición, ni se sienten abatidos por el ayuno indiscreto ni cargados por la demasiada comida. La jornada queda así envuelta en una atmósfera tal de frugalidad, que al llegar a la noche no percibe el monje la pesadez ni se acuerda siquiera de lo que ha comido al mediodía”.
Insiste en ingerir estrictamente lo necesario sin llegar a la saciedad, comiendo una sola vez al día; de esta forma, el ayuno no resulta una carga pesada en la jornada; ni tampoco, llegada la noche, se experimenta la pesadez de la digestión de la comida.
XXIV. [Continúa el venerable anciano Moisés] “Es tan cierto que esta norma constante en la comida lleva consigo su dosis de mortificación, que los monjes que no se proponen seriamente la perfecta sobriedad, prefieren prolongar su ayuno y reservarse la ración cotidiana para el día siguiente. Llegada la hora de la refección, prescindiendo de la medida fijada, pueden comer y saciarse a su gusto. Tal fue no hace mucho, como sabéis, la práctica obstinada de vuestro compatriota Benjamín. Para sustraerse a esta penitencia diaria y eludir una sobriedad continua, prefería ayunar dos días consecutivos, a trueque de satisfacer después, mediante la doble ración, su glotonería. Los cuatro panes que se había reservado le ofrecían ocasión de contentar sus deseos y saciar el hambre a placer. De esta suerte compensaba el ayuno de la víspera comiendo luego a sus anchas, y se resarcía con creces de la abstinencia pasada. Guiándose por esta obstinación y pertinacia, quiso vivir a su talante antes que someterse a los usos de nuestros mayores. Ya sabéis el fin que tuvo yendo por este camino, y cómo abandonó el desierto para correr tras la huera filosofía de este mundo y la vanidad del siglo. Valga este ejemplo para probar la bondad de esa regla establecida por los ancianos. Y que nos enseñe a todos que aquel que obedece a su inspiración personal y fía demasiado en su propio juicio no podrá alcanzar las cimas de la perfección. Más, es imposible que no sucumba a las peligrosas ilusiones que urde el demonio por doquier”.
Resulta curiosa la insistencia que Juan Casiano presenta a través del diálogo entre el monje Germán y el venerable anciano Moisés en relación al establecimiento de una rutina diaria en la alimentación, sin alterarla por medio de días de ayuno.
Ciertamente, esta práctica de una comida diaria, en función de lo que el cuerpo necesita y no de lo que el deseo exige, es una práctica de gran autocontrol, el abad Moisés la llama mortificación, y es que requiere disciplina.
Presenta el ejemplo, al parecer conocido entre los monjes de un tal Benjamín que practicaba días de ayuno para luego, con la comida acumulada por la práctica del ayuno, comer hasta la saciedad; de esta forma incurría en dos errores; por un lado, cuando se rompe el ayuno no se debe ingerir más de lo que corresponde a una comida cotidiana y, por otro lado, lo que no se consume por la práctica del ayuno no es para acumularse y comerse luego sino, según hemos visto ampliamente, tanto en los fundamentos bíblicos como en los patrísticos, es para la práctica de la solidaridad, es decir, compartir con quienes no tienen.
“XXV. GERMÁN. ¿Y cuál es el medio de guardar constantemente esta uniformidad que dices? Porque a veces es preciso quebrantar el ayuno a la hora de nona para obsequiar a los huéspedes que llegan. En cuyo caso es forzoso, para agasajarles, añadir algo a esa cantidad de pan establecida. De lo contrario, nos vemos obligados a faltar al deber de la hospitalidad, que nos obliga a todos por igual”.
“XXVI. MOISÉS. Conviene observar con la misma solicitud uno y otro precepto: abstinencia y hospitalidad. Por un lado, debemos guardar escrupulosamente la discreción en el comer, por amor a la pureza y a la templanza. Por otro, hay que llenar con caridad los deberes de cortesía respecto a los hermanos que nos visitan. Porque sería a todas luces un absurdo que, recibiendo a un huésped, o mejor dicho, a Cristo, que es a quien recibimos en la persona del huésped, no participáramos en su comida y le dejáramos sólo en la mesa. Pero he aquí un procedimiento fácil, por el que podremos satisfacer cumplidamente con ambas exigencias escapando a toda censura. A la hora nona no comamos más que uno de los panes que nos permite la regla, reservando el otro para la tarde, con miras a la visita que podamos recibir. Si llega, en efecto, algún hermano, comamos en su compañía esta única porción, sin necesidad de añadir nada a nuestra refección acostumbrada. Si así lo hacemos, no nos dará pena la llegada de un huésped, que siempre debe constituir para nosotros un acontecimiento grato. Así habremos cumplido con los deberes ineludibles de la urbanidad sin faltar un ápice al rigor de nuestro ayuno. Caso de que no tengamos que recibir ninguna visita, podemos todavía comer con entera libertad el panecillo a que nos da derecho la misma regla. Como habremos tomado ya uno a la hora nona, nuestro estómago no se sentirá insatisfecho al comer el único que nos queda. Esto nos evitará el inconveniente que experimentan habitualmente aquellos que, a título de mayor abstinencia, difieren hasta la noche tomar toda la comida. Esta especie de sobrealimentación que acaban de permitirse les arrebata la libertad de espíritu y esa agilidad interior que es tan necesaria para recitar las plegarias vespertinas y nocturnas. En orden a esto, se dispuso ya antiguamente la hora de nona como la más apropósito para la refección. En verdad, ofrece no pocas ventajas”.
En este párrafo, el venerable anciano Moisés responde sabia y ampliamente al monje Germán:
- En primer lugar es tan importante guardar la noma del ayuno como recibir al huésped y agasajarlo como al mismo Cristo.
- En segundo lugar, la medida de pan diaria, es conveniente fraccionarla en dos partes por dos razones; la primera razón es que si llega un huésped a nuestro eremitorios podamos compartir con él la mesa comiendo uno de los pancitos que teníamos reservado; la segunda razón es que realizando dos ingestas, pero guardando la misma cantidad de comida todos los días, nos resulta más llevadera la jornada.
- En tercer lugar, sugiere que la ingesta se realice a la hora nona. La hora de nona recordemos que es las tres pm, o cómo solemos clasificarla también, las 15 horas. Este criterio asegura la práctica rutinaria del ayuno diario y una ingesta avanzada la jornada pero no al finalizar, para evitar el embotamiento durante las oraciones de la tarde y de la noche, estableciendo una distancia prudencial de tiempo entre la ingesta y la oración, pues se ha hecho ya la digestión.
Al parecer, había monjes que practicaban el ayuno diario hasta la caída del sol, el venerable anciano Moisés ve en esta práctica, el peligro de comer y a la hora de celebrar el oficio de Vísperas o de Vigilias, por el hecho de estar haciendo la digestión, sobrevenga el sueño.
2. Sobre las Reglas monásticas.
El monacato cenobítico también reguló y practicó el ayuno y la abstinencia; por ejemplo:
“Entre los pacomianos, la abstinencia de carne, vino y salsa de pescado era perpetua; Pacomio, además, daba permiso a sus monjes para que no comieran más que una sola vez al día o se contentaran con pan, sal y agua por toda refacción” (Colombás: El monacato primitivo pp. 575).
“En el Monasterio Blanco de apa Shenute se abstenían igualmente de carne, vino y salsa de pescado, y, además, de huevos y queso; comían una sola vez al día y tendían a tomar un mínimo de alimentos sólidos e incluso de agua” (ib).
2.1. Las Reglas de Oriente (Basilio)
En el capítulo anterior presentamos a este Padre de la Iglesia, al que en este capítulo estudiamos como monje. Recordemos que fue obispo en Capadocia, que sus obras están escritas en griego pero, concretamente esta Regla o “Pequeño Asceticón” como es denominada, llega a occidente a través de Rufino que la traduce al latín y lo encontramos en la Patrología Latina volumen 103 cols 488 – 544; Paris 1851). He aquí algunos textos vinculados a la abstinencia y el ayuno:
Cuestión 48:
Pregunta:
¿Cómo alguien puede no ser vencido por el placer y el deseo de los alimentos?
Respuesta:
1. Con la decisión de no desear lo que deleita, sino lo que es conveniente y lo que no satisface a la práctica de la voluptuosidad.
Claramente Basilio presenta la diferencia fundamental en la elección de los alimentos, no optar por lo que deleita sino por lo que conviene. Este punto es clave incluso para mantener una salud adecuada. Por ejemplo, el alto consumo de fiambres (jamón, paleta, salame, leonesa, matambre, etc.) puede ser realmente delicioso, pero sabemos que afecta nuestra salud de forma muy importante, especialmente a todo lo que esté relacionado con la salud cardiovascular. Igualmente sucede con aquellos alimentos con excesos de azúcares y grasas trans, como galletitas, masitas, alfajores, bombones … pueden ser muy ricos pero aumenta considerablemente la glicemia y el colesterol.
Por lo tanto, optar por aquellos alimentos que son convenientes para nuestra salud es una sabia decisión, por ejemplo: legumbres, hortalizas y frutas.
Cuestión 57:
Pregunta:
¿Cómo comer y beber algo para gloria de Dios?
Respuesta:
1. Si se tiene siempre en la memoria por quien se es siempre alimentado: Dios; y si no solo con el alma sino también con el cuerpo lo ponemos por testigo de todas las cosas, le damos gracias y no comemos seguros, 2 sino que como un obrero de Dios somos alimentados por él; (y se come) lo que es suficiente para trabajar y cumplir los mandamientos.
Otra espectacular enseñanza, comer lo que es suficiente para trabajar y cumplir con los mandamientos, es decir, no comer hasta la saciedad, hasta la hartura.
Nuestra alimentación, si tomamos en cuenta el comer legumbres, hortalizas y frutas será variada y además adecuada para la realización de nuestras tareas.
Nos enseña que es necesario comer lo suficiente para mantenerse en el trabajo, es decir, aportar al organismo los nutrientes necesarios para que el cuerpo no se resienta, para que podamos desempeñarnos en las tareas; no obstante “lo suficiente” no es hasta la hartura.
La comida en exceso hará que nuestra digestión sea lenta y afecte tanto nuestra mente como nuestro cuerpo; en la oración nos vendrá somnolencia y el cuerpo estará cansado; por lo tanto es necesario poner un sano equilibrio.
Cuestión 88
Pregunta:
Si uno quiere abstenerse más allá de lo que pueden las fuerzas, de modo que por la excesiva abstinencia no pueda cumplir la obra que se le ha mandado, ¿hay que concedérselo?
Respuesta:
1. Me parece que su pregunta no está correctamente formulada. 2 dijimos que la templanza no se refiere solamente a los alimentos; porque ésta, si no se hace con fe y razón, es considerada culpable también por el Apóstol cuando dice “Los que quieren abstenerse de los alimentos creados por Dios”. 3 Pero dijimos que la templanza perfecta consiste en que uno se abstenga de sus propias voluntades. 4 Por otra parte, qué gran peligro hay en querer hacer la propia voluntad y no la del Señor, se ve con claridad por lo que dice el Apóstol: “Haciendo las voluntades de la carne y de los malos pensamientos, éramos por naturaleza hijos de la ira, como también los demás”.
Basilio nos enseña dos cosas; por un lado la necesidad de la templanza, es decir, de la sobriedad y la moderación, no abstenerse o ayunar más allá de las fuerzas, demuestra ser contrario a los excesos en el ayuno y la abstinencia; y por otro lado no hacer la propia voluntad, esto podría entenderse como someterse a la orientación del padre espiritual si se es eremita o del padre del monasterio si se es cenobita. La ascesis es un entrenamiento para doblegar los vicios, para controlar y dominar los pensamientos y los deseos, no es una competición donde hay que lograr nuevas metas, aún superando las ya logradas.
Cuestión 89
Pregunta:
El que ayuna mucho y en la refección no puede tomar el alimento común con todos, ¿Qué debe elegir, ayunar con los hermanos y comer con ellos o buscar otros alimentos para poder practicar mayores ayunos?
Respuesta:
1 La medida del ayuno no debe depender de la voluntad de cada uno, sino del uso y del mandato de los que sirven a Dios viviendo en comunidad, 2 según se narra en los Hechos de los Apóstoles, que la unanimidad y la armonía de aquellos en todas las cosas indicaba que ·tenían un solo corazón y una sola alma”. 3 Por tanto, si alguien ayuna con discernimiento y fidelidad, también recibirá del Señor la fuerza para poder sostenerse, porque “es fiel el que ha prometido”
Nuevamente, Basilio insiste en la sumisión a la autoridad espiritual; más si se vive en comunidad, es fundamental seguir los ritmos de la comunidad, establecidos por el padre o madre del monasterio y no las propias voluntades.
Cuestión 90
Pregunta:
¿Cómo hay que ayunar cuando se prescribe un ayuno obligatorio; y si cuando la religión pide algo, hay que cumplirlo por obligación o voluntariamente?
Respuesta:
1 Puesto que el Señor dice: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia” todo lo que se refiere a la religión, si no se hace intencionadamente y con devoción, engendra un peligro; por tanto, el ayuno debe estar asociado a la devoción. 2 Que el ayuno sea necesario en determinadas circunstancias, y principalmente cuando deseamos pedir algo al Señor, lo enseña así mismo el santo Apóstol, quien entre otras virtudes suyas añade también ésta: “He ayunado frecuentemente”.
Basilio nos enseña que no existe un ayuno obligatorio, ya que, aún aquellas prácticas que son obligatorias, comunes a todos los cristianos en todas las denominaciones, por ejemplo el ayuno del Miércoles de Cenizas y del Viernes Santo, deben de tener dos características: intensión y devoción.
Para que exista intensión necesariamente debe haber una comprensión de esta práctica asociada a una práctica amorosa más allá de la obligatoriedad que implica una actitud de veneración.
2.2. Las Reglas de Occidente (Benito de Nursia)
Es considerado el fundador del monacato en occidente. Vivió entre los años 480 al 547. Comenzó su vida monástica como eremita y la finalizó como cenobita, fundador de la Orden de San Benito. Venerado por las iglesias ortodoxas, católicas, luteranas y anglicanas. De hecho existen monasterios benedictinos católicos, luteranos y anglicanos.
La Regla de San Benito, en adelante RB, regula el régimen alimentario de los monjes y monjas en los capítulos:
- 39 la ración de la comida
- 40 la ración de la bebida
- 41 el horario de las comidas
- 49 la observancia de la cuaresma
Profundicemos en cada uno de estos capítulos de la RB.
Capítulo 39: La ración de la comida.
1 Creemos que es suficiente en todas las mesas para la comida de cada día, tanto si es a la hora de sexta como a la de nona, con dos manjares cocidos, en atención a la salud de cada uno, 2 para que, si alguien no puede tomar uno, coma del otro. 3 Por tanto, todos los hermanos tendrán suficiente con dos manjares cocidos, y, si hubiese allí fruta o legumbres tiernas, añádase un tercero. 4 Bastará para toda la jornada con una libra larga de pan, haya una sola refección, o también comida y cena, 5 Porque, si han de cenar, guardará el mayordomo la tercera parte de esa libra para ponerla en la cena. 6 Cuando el trabajo sea más duro, el abad, si lo juzga conveniente, podrá añadir algo más, 7 con tal de que, ante todo, se excluya cualquier exceso y nunca se indigeste algún monje, 8 porque nada hay tan opuesto a todo cristiano como la glotonería, 9 como dice nuestro Señor: «Andad con cuidado para que no se embote el espíritu con los excesos». 10 A los niños pequeños no se les ha de dar la misma cantidad, sino menos que a los mayores, guardando en todo la sobriedad. 11 Por lo demás, todos han de abstenerse absolutamente de la carne de cuadrúpedos, menos los enfermos muy débiles.
La RB plantea dos posibles horarios para la comida, la hora sexta es decir el medio día, las 12 horas ó la hora de nona, es decir hacia las 15 horas y esto dependerá del tiempo litúrgico.
Lejos de la austeridad de los padres del desierto, la RB plantea hasta tres platos de comida, dos de alimentos cocidos más uno de legumbres o frutas y a esto añade una libra de pan, es decir los 453 gramos que el venerable anciano Moisés enseñaba al monje Germán que era suficiente para la alimentación de los monjes y que muchos padres así lo practicaban.
La RB establece la abstinencia de algunas carnes, no así, al parecer, de peces y aves.
Muestra gran flexibilidad, deja la puerta abierta a dos comidas en la jornada, almuerzo y cena, con posibilidad de que el abad pueda añadir algo más de comer si el trabajo así lo requiere; no obstante, enseguida llama a la moderación:
- “ante todo se excluya cualquier exceso”,
- “nunca se indigeste algún monje”,
- “porque nada hay tan opuesto a todo cristiano como la glotonería”,
- “guardando en todo la sobriedad”
Capítulo 40: La ración en la bebida.
1 «Cada uno tiene el don particular que Dios le ha dado; unos uno, y otros otro». 2 Por eso, con cierta escrupulosidad determinamos la cantidad de alimento que los demás han de tomar. 3 Sin embargo, por consideración a la flaqueza de los débiles, pensamos que es suficiente una hemina de vino al día por persona. 4 Pero aquellos a quienes Dios les da fuerzas para abstenerse, piensen que tendrán una recompensa especial. 5 Mas si, por las circunstancias del lugar en que viven, o por el trabajo, o por el calor del verano, se necesita algo más, lo dejamos a la discreción del superior, con tal de que jamás se dé lugar a la saciedad o a la embriaguez. 6 Y, aunque leamos que el vino es totalmente impropio de monjes, porque creemos que hoy día no es posible convencerles, convengamos, al menos, en no beber hasta la saciedad, sino sobriamente, 7 porque «el vino hace claudicar hasta a los más sensatos». 8 Pero si por las condiciones locales no se puede adquirir ni la cantidad indicada, sino mucho menos, o incluso absolutamente nada, bendigan a Dios porque habitan en ese lugar y no murmuren. 9 Esto recomendamos ante todo: que eviten siempre la murmuración.
Este capítulo de la RB nos pone de frente a una gran contradicción entre los padres del desierto y el monacato latino, donde se establecen dos constataciones, por un lado dice: “aunque leamos que el vino es totalmente impropio de monjes”, por otro lado afirma inmediatamente a continuación: “porque creemos que hoy día no es posible convencerles, convengamos, al menos, en no beber hasta la saciedad, sino sobriamente” (RB. 40:6).
De la lectura del capítulo se desprenden varias observaciones:
- La RB entiende que la abstinencia de vino es un don de Dios y no parte de la ascesis monástica.
- La hemina es una antigua medida de volumen que corresponde a un poco más de cuarto litro de vino, exactamente 0,27 litro. Esta es la medida que la RB autoriza a consumir por monje por día.
- Sin embargo, deja a consideración del abad aumentar esta cantidad si fuera necesario. Aunque aclara: “con tal de que jamás se dé lugar a la saciedad o a la embriaguez” y continúa: “convengamos, al menos, en no beber hasta la saciedad, sino sobriamente”.
Podemos concluir que en el monacato latino se suspende la abstinencia de vino e incluso se justifica su consumo; un dato relevante es que, aún en tiempos de la iglesia indivisa, en el año 876, el Sínodo de Aquisgrán establece que los monjes debería recibir diariamente un vaso de vino, o cuando no hubiera vino, el doble de buena cerveza. Los padres de Egipto, Siria y Palestina en el siglo IV seguramente se escandalizarían de esta norma del siglo IX, pero esto nos marca, ciertamente dos cosas, por un lado, la pérdida de austeridad y rigurosidad de la praxis monástica y por otro lado, la influencia de la cultura en la vida monástica, Roma evidentemente no era el desierto de Egipto, Palestina y Siria.
Capítulo 41: A qué hora deben comer los monjes
1 Desde la santa Pascua hasta Pentecostés, los hermanos comerán a sexta y cenarán al atardecer. 2 A partir de Pentecostés, durante el verano, ayunarán hasta nona los miércoles y viernes, si es que los monjes no tienen que trabajar en el campo o no resulta penoso por el excesivo calor. 3 Los demás días comerán a sexta. 4 Continuarán comiendo a la hora sexta, si tienen trabajo en los campos o si es excesivo el calor del verano, según lo disponga el abad, 5 quien ha de regular y disponer todas las cosas de tal modo, que las almas se salven y los hermanos hagan lo dispuesto sin justificada murmuración. 6 Desde los idus de septiembre hasta el comienzo de la cuaresma, la comida será siempre a la hora nona. 7 Pero durante la cuaresma, hasta Pascua, será a la hora de vísperas. 8 Mas el oficio de vísperas ha de celebrarse de tal manera, que no haya necesidad de encender las lámparas para comer, sino que todo se acabe por completo con la luz del día. 9 Y dispóngase siempre así: tanto la hora de la cena como la de la comida se ha de calcular de modo que todo se haga con luz natural.
En este capítulo de la RB queda claramente establecida la práctica del ayuno en los monasterios:
- De Pascua a Pentecostés se almuerza a la hora sexta, es decir a las 12.00 horas y se cena al atardecer pero, establece la RB que se realice con luz natural, por lo que suponemos que sería entre las 6 ó 7 pm, es decir entre las 18.00 y 19.00 hs. Y en este tiempo no hay ayuno de ningún tipo.
- A partir de Pentecostés, se retoma la práctica del ayuno los miércoles y los viernes, guardando la antigua tradición, y se almuerza a la hora nona, es decir hacia las 3 pm o 15.00 hs. Los demás días se mantiene el almuerzo a la hora sexta, es decir a medio día. La RB prevé que este ayuno podría romperse por cuestiones de trabajo o de calor. No establece nada respecto de la cena por lo que suponemos se mantiene a la caída del sol.
- Desde el 13 de septiembre hasta cuaresma se almuerza a la hora nona, es decir, todos los días a las 3 pm o 15.00 hs. No establece nada respecto de la cena por lo que de realizarse, habría otra comida a las 4 horas aproximadamente del almuerzo. Cuando la RB se refiere a los “idus de septiembre” hace referencia al antiguo calendario romano donde se denominaba “idus” al día 13 de ocho meses del año: enero, febrero, abril, junio, agosto, septiembre, noviembre y diciembre; con la misma denominación: “idus” se designaba al día 15 del resto de los meses, a saber: marzo, mayo, julio y octubre.
- Durante toda la Cuaresma la comida se estable a la hora de vísperas, es decir, a la caída del sol, lo que supone que se suprime la cena aunque la RB no lo menciona.
Capítulo 49: Sobre la observancia de la Cuaresma
1 Aunque de suyo la vida del monje debería ser en todo tiempo una observancia cuaresmal, 2 no obstante, ya que son pocos los que tienen esa virtud, recomendamos que durante los días de cuaresma todos juntos lleven una vida íntegra en toda pureza 3 y que en estos días santos borren las negligencias del resto del año. 4 Lo cual cumpliremos dignamente si reprimimos todos los vicios y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia. 5 Por eso durante estos días impongámonos alguna cosa más a la tarea normal de nuestra servidumbre: oraciones especiales, abstinencia en la comida y en la bebida, 6 de suerte que cada uno, según su propia voluntad, ofrezca a Dios, con gozo del Espíritu Santo, algo por encima de la norma que se haya impuesto; 7 es decir, que prive a su cuerpo algo de la comida, de la bebida, del sueño, de las conversaciones y bromas y espere la santa Pascua con el gozo de un anhelo espiritual. 8 Pero esto que cada uno ofrece debe proponérselo a su abad para hacerlo con la ayuda de su oración y su conformidad, 9 pues aquello que se realiza sin el beneplácito del padre espiritual será considerado como presunción y vanagloria e indigno de recompensa; 10 por eso, todo debe hacerse con el consentimiento del abad.
Este capítulo de la RB ilustra muy claramente la práctica cuaresmal en los monasterios de occidente:
- reprimir todos los vicios
- entregarse a la oración con lágrimas,
- a la lectura,
- a la compunción del corazón
- y a la abstinencia.
Y cuando se refiere a la práctica de la abstinencia establece “abstinencia en la comida y en la bebida” pero también agrega inmediatamente:
[…] que cada uno, según su propia voluntad, ofrezca a Dios, con gozo del Espíritu Santo, algo por encima de la norma que se haya impuesto; es decir, que prive a su cuerpo algo de la comida, de la bebida, del sueño, de las conversaciones y bromas y espere la santa Pascua con el gozo de un anhelo espiritual.
Es decir, que la abstinencia o privación puede practicarse en otras cosas, como privarse del descanso, de las conversaciones, de las bromas. La RB nos aporta novedosamente para muchos de nosotros, otras prácticas a las que en nuestros días podemos agregar por ejemplo: el uso de los medios de comunicación masivos, las redes sociales, etc.
Pero toda abstinencia voluntaria debe de ser puesta a consideración del abad para evitar la presunción, el orgullo, la soberbia, la vanagloria.
3. Algunas conclusiones sobre el capítulo del ayuno en la tradición monástica.
Este capítulo nos deja una visión bastante diversa de la práctica monástica del ayuno, sin embargo todos los padres monásticos, tanto de oriente como de occidente son coincidentes en la moderación y la sobriedad en la comida y la bebida.
Oriente se caracteriza por la austeridad y la rigurosidad, casi extrema en algunos casos, de la práctica de la abstinencia y del ayuno que siempre debe ir acompañada de la caridad y de la humildad.
Occidente se caracteriza por la flexibilidad y el énfasis en que se evite por todos los medios la murmuración de los monjes ante prácticas que puedan resultar pesadas.
La figura del padre espiritual es fundamental en la práctica de la abstinencia y del ayuno, tanto de eremitas como de cenobitas; ante todo debe evitarse la vanagloria exponiendo al padre espiritual la práctica a seguir y obteniendo su consentimiento.

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